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La transición energética de Colombia

Bandera de Colombia y sol

Por: Daniel Yergin (*)

La “transición energética” se ha convertido en el tema central de los debates sobre el futuro de la energía, especialmente desde que 196 países se comprometieron en los acuerdos de París del 2015 a evitar que la temperatura global aumente 2 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales y a hacer los mejores esfuerzos para limitar el aumento alrededor de 1,5 grados.

El instrumento para lograrlo se ha convertido en el concepto de “carbono neutralidad” para 2050 o un poco después, objetivo que ya ha sido adoptado por más de 100 países, incluidos Estados Unidos, China, la Unión Europea, Gran Bretaña y Japón, entre otros. Cerca de dos tercios de las emisiones mundiales, y aproximadamente dos tercios del producto interno bruto mundial, ahora se originan en países con compromisos de carbono neutralidad en diversos grados.

A medida que avanza, la transición energética transformará la forma en que el mundo produce y consume la energía y la naturaleza misma de partes importantes de la economía global.

Las dos economías más grandes del mundo ahora están comprometidas. En su primer día como presidente, Joe Biden reintegró a Estados Unidos en los Acuerdos de París que Donald Trump había abandonado. Y solo unos meses antes, China se había comprometido con la carbono neutralidad para 2060. En 2021, se han sentado las bases para una nueva carrera de superpotencias por liderar los mercados globales en términos de vehículos eléctricos, energía solar y eólica, hidrógeno y tecnologías que aún están por emerger. Este escenario se verá complicado por el cambio general en las relaciones entre Estados Unidos y China, que deja a muchos otros países preocupados en quedar atrapados entre las dos economías más grandes del mundo.

El proceso de transición energética creará dilemas sobre la naturaleza y el ritmo del cambio. El “Qué” – carbono neutralidad – es claro. El “Cómo” – cómo lograrlo – no está del todo claro. La mayoría de las naciones que se comprometieron a lograr la carbono neutralidad, aún tienen que adoptar las leyes y regulaciones para lograr este compromiso. Pero con el impulso en aumento, 2021 puede marcar el comienzo de un período de cambio acelerado en las políticas, leyes y regulaciones energéticas y climáticas. Sin embargo, el proceso de transformar un nuevo marco climático en inversión, y nuevas inversiones en nuevas realidades energéticas, probablemente llevará más tiempo, será más costoso, más complicado y polémico; y requerirá más innovación técnica de lo que muchos anticipan ahora.

Una economía mundial de casi 90 billones de dólares depende en un 80% de los combustibles fósiles; por lo tanto, el petróleo y el gas seguirán siendo parte de la matriz energética en las próximas décadas. Y durante esas décadas, para Colombia, los ingresos del petróleo y el gas natural serán importantes tanto para financiar las necesidades sociales como para ayudar a financiar la transición energética.

A menudo, el alcance del papel del petróleo y el gas en la economía mundial, más allá del transporte, no es bien comprendido. Para muchos países, reemplazar el carbón por gas natural es una iniciativa importante para reducir
las emisiones. Eso aumentará la urgencia de desarrollar tecnologías de captura de carbono.

Y podemos estar seguros de que los cambios en la geopolítica global difícilmente serán lineales, ya que inevitablemente las disrupciones con cierta frecuencia redirigirán el camino. No se anticipó la revolución del shale,
ni la crisis financiera de 2008, ni el renacimiento del vehículo eléctrico, ni la caída de los costos de la energía solar, ni un virus increíblemente transmisible de murciélago que conduciría a una pandemia y una era económica oscura.
Colombia y la comunidad mundial se encuentran en un punto de inflexión en la historia energética mundial. Muchos reflexionarán sobre la rapidez con la que pueden y deben reducir las emisiones, aumentar la eficiencia e invertir en capacidades libres de carbono.

Los recursos nacionales serán un factor, especialmente a medida que los países se reconstruyan después de la pandemia. Pero el mismo desafío de la recuperación también suscita la pregunta, no solo de cómo los países invierten, sino (quizás lo más importante) qué incentivos crean para los flujos de capital privado que dominan la innovación y el crecimiento.

Este es el contexto en el que Colombia lanza la transformación de sus sistemas energéticos. Las direcciones de la política son claras: aumentar la participación de las energías renovables no convencionales de menos del 1% a más de 12% en la matriz energética para el 2022; elevar su objetivo de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del 20% al 51% para 2030; y hacer de la “reactivación sostenible” la fuerza que impulsa su estrategia de recuperación económica como resultado del COVID. La respuesta de Colombia bajo el Gobierno del Presidente Iván Duque no solo ha ayudado al país a sobrellevar la “edad oscura” del COVID-19, sino que ha posicionado a Colombia para capitalizar la recuperación económica anticipada, más allá de la pandemia.

El panorama mundial será de competencia intensa. El compromiso de China de lograr carbono neutralidad para 2060 es una tarea colosal, debido a su consumo masivo de carbón y otros combustibles fósiles. China también es el mayor inversor del mundo en energía renovable, controla alrededor del 80% de las exportaciones mundiales de paneles solares, produce la mayoría de los materiales necesarios para la fabricación de vehículos y equipos de almacenamiento en redes, es líder en producción de vehículos eléctricos y cuenta con objetivos de producción más ambiciosos que cualquier otra nación. Todo esto encaja con la estrategia nacional de China para reducir la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles – ahora 75% para el petróleo – y para frenar los impactos políticamente paralizantes de la contaminación.

Ningún continente está presionando más fuerte que Europa. A finales de 2019, Europa adoptó el Pacto Verde Europeo, que se propone lograr cero emisiones netas de GEI para 2050 y una reducción de las emisiones de GEI del 55% para 2030. El Pacto Verde Europeo, junto con la recesión económica agravada por la pandemia inflexible del COVID-19, requirió del desarrollo de un plan de recuperación por parte del Parlamento Europeo de 1.824 billones de euros, con un gran énfasis en la sostenibilidad y la digitalización. China, EE. UU. y la Unión Europea juntos representaron el 45% de las emisiones globales y el 60% del PIB mundial en 2019. El ritmo global del cambio en la política de cambio climático es incierto. La dirección es clara.

Para Colombia, este entorno global crea el contexto para los próximos pasos en la transición. Por ejemplo, la promoción de Colombia en eficiencia energética y sostenibilidad, a través de las obligaciones de compra de energías renovables, debería crear condiciones de mercado para impulsar mejoras y aumentar la confiabilidad en la red eléctrica del país.

Los nuevos incentivos fiscales para financiar el desarrollo de capacidad adicional de almacenamiento, energía solar y eólica, así como eliminación de trámites innecesarios en los procesos de concesión de licencias ambientales, son señales positivas para estimular la inversión privada en todo el país. La integración de la energía renovable en la producción de petróleo y gas es otro paso. Para los mercados financieros centrados en criterios de inversión
ASG (Ambientales, Sociales y de Gobierno corporativo), la integración de la energía renovable en los planes energéticos a largo plazo subraya aún más la estabilidad y el atractivo de las inversiones futuras en Colombia.

De hecho, las acciones de Colombia tienen como objetivo asegurar la competitividad en un mundo cambiante, crear seguridad laboral y acceso a la energía. Esto ayudará a sostener el crecimiento en las próximas décadas.

El acceso a la energía y la modernización también son puertas de entrada a la educación, atención médica, empleo y prosperidad. En un periodo corto, el acceso de los hogares colombianos a la electricidad ha mejorado significativamente. Las fuentes de energía renovable en áreas remotas han llevado la tasa de electrificación nacional más cerca del 97%.

El mayor uso de gas natural ha permitido a los hogares dejar de quemar carbón y leña para cocinar en casa, mejorando la salud y la esperanza de vida.

Alcanzar el objetivo de carbono neutralidad para 2050, o incluso la reducción a gran escala del carbono antropomórfico en la atmósfera, requerirá avances e innovaciones en química, física y ciencia de los materiales; así como avances en la captura de carbono, hidrógeno, digitalización, manufactura, inteligencia artificial, robótica, software, análisis de datos y otras tecnologías. Los avances no ocurren de la noche a la mañana, toman tiempo y a veces décadas. Requieren previsión en las políticas, nuevos incentivos para la inversión, perseverancia en la implementación y siempre la disciplina de comparar las acciones nacionales con las tendencias globales. La competencia global se intensificará a medida que las naciones busquen atraer capital global para hacer
realidad sus ambiciones de transformar sus economías y sistemas energéticos. Colombia está asumiendo este desafío.

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(El Dr. Daniel Yergin es el vicepresidente de IHS Markit, autor de The New Map, The Quest y The Prize, publicación por la que recibió el premio Pulitzer. Este prólogo fue escrito en inglés originalmente y fue traducido al español para la publicación Transición energética: un legado para el presente y el futuro de Colombia, difundidas por el Gobierno de Colombia con el apoyo del BID. Se reproduce aquí como aporte y difusión de la SAI sobre el tema de interés general)

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