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LA HERENCIA DE SÓCRATES

Por: José Hilario López

Sé que me estoy metiendo en honduras que superan en mucho mis conocimientos y capacidades intelectuales, pero desde hace muchos años rondan en mi mente grandes interrogantes sobre el propósito y sentido de la existencia, que empezaron a aclararse, sin que los tenga resueltos, ni mucho menos, con el estudio de la filosofía socrática y su legado conservado en parte por el Cristianismo, esencia de la cultura occidental.  Para esto me ha sido de gran ayuda, entre otros, el repaso del texto fundamental titulado Paideia, del filósofo alemán Werner Jaegger.

Según el diccionario alemán, Paideia es un concepto clave para entender la cultura antigua y un concepto central de valor. “Se trata, por un lado, de la formación y de la formación intelectual y ética como proceso y, por otro, de la formación como posesión y resultado del proceso educativo”. Se refiere no sólo a la enseñanza a los jóvenes, sino a la formación de la areté en los adultos, mediante la cual el “alma adquiere su mejor forma”. Areté, a su vez, es el término griego para denominar la virtud, donde convergen la excelencia, el ideal del ser bueno, el mejor, el combatiente noble, el de mayor grandeza en cuanto al alma concierne. Sócrates fue el primero en otorgar a la areté el sentido moral, la esencia de la virtud, tal como la entendemos en el occidente cristiano.

En la Edad Media, Sócrates se consideraba sólo un filósofo famoso, pero al declinar la fama de Aristóteles su imagen empezó a florecer, llegando a ser el inspirador y guía de la Ilustración y de la Filosofía Moderna, como apóstol de la libertad moral sustraída de todo dogma y de toda tradición, sin mas gobierno que la propia persona y obediente sólo de su voz interior, su propia conciencia. No se trata, de ninguna manera, de erigir a Sócrates como el anticristo, lo que se busca es crear una religión moderna en que se amalgamen el Cristianismo con los elementos esenciales del ideal Helénico, una nueva concepción de la vida basada en la confianza cada vez mayor en lo humano y en el respeto por las leyes de la Naturaleza, vale decir una teología racional o natural. Sócrates proclama el dominio del hombre sobre sí mismo y de la autarquía de la persona moral: soy yo el único responsable de mis decisiones éticas y morales.  Bajo esta concepción, Sócrates y Cristo se comparan.

La filosofía socrática se circunscribió exclusivamente a investigar los problemas éticos, relacionados con la esencia de los conceptos de lo justo, lo bueno, lo bello, la valentía, la piedad y el dominio de sí mismo, mediante el método inductivo, del cual fue su creador, así como inspirador del racionalismo anglosajón. Toda una pedagogía basada en preguntas y respuestas, tanto hacía sí mismo como a sus discípulos, amigos y contradictores, el diálogo socrático como único camino para entendernos con los otros: Una nueva sabiduría de la vida orientada hacia lo práctico, que pone a Sócrates como el más formidable acontecimiento pedagógico de Occidente.

En Sócrates el alma sólo se concibe conjuntamente con el cuerpo, pero como elementos distintos de la naturaleza humana. La phisis en la filosofía antigua de la naturaleza incluye lo espiritual. La virtud física y la virtud moral no son, por su esencia cósmica, sino la simetría de las dos partes. De aquí el concepto de lo bueno, que sería más inteligible para nuestra época si mejor dijéramos el bien, válido tanto para quien lo posee como para quien es bueno, distinto del concepto análogo que preceptúa la ética moderna. Para nuestro filósofo lo bueno es todo aquello que hacemos en gracia a sí mismo, incluyendo lo útil, lo saludable, lo gozoso y lo venturoso. Bajo esta convicción la ética auténtica es la expresión de la naturaleza humana bien entendida, y la formación del alma para este ethos es justamente el camino del hombre para llegar a una venturosa armonía con la Naturaleza, la llamada  eudomanía de los griegos. Armonía entre la existencia moral del hombre y el orden natural del Universo, que nos permita aceptar las amenazas que el mundo exterior y el destino imponen sobre nuestras vidas, serenidad de ánimo, tal como lo mostró Sócrates al final de su vida al apurar la cicuta.

El gran giro socrático hacia el interior del ser es el acontecimiento filosófico característico de los últimos tiempos de la Antigüedad Clásica. La virtud y las dichas se desplazaron hacia el interior del hombre y la filosofía llegó a ser el camino hacia el nuevo continente recién descubierto del alma. El llamado al “cuidado del alma”, el bios socrático, se basa por entero en el valor interior del hombre, así también lo entendieron Platón, su discípulo y Aristóteles. Bios que de ninguna manera significa separación del alma y del cuerpo, sino el dominio de la primera sobre el segundo, imperio de la razón sobre los instintos.

El dominio sobre nosotros mismos deber ser el fundamento central de nuestra cultura ética, que concibe la conducta moral como algo que brota de nuestro interior, diferente del sometimiento a la ley, como lo exige el concepto tradicional de justicia. Por ello hoy no tiene sentido hablar de ética gremial o empresarial, sin antes haber abordado el concepto socrático. Se es ético por convicción moral, no porque lo impongan los códigos o manuales: el fundamento moral y ético va más allá de la ley dictada por una autoridad civil o precepto eclesiástico.

Para terminar, sigamos con los conceptos de autonomía moral y autarquía. La autonomía moral en el sentido socrático significa la independencia del hombre con respecto al componente animal de su naturaleza, lo que encuadra con el dominio sobre sí mismo, predicado más tarde por los estoicos.  Relacionado con la autonomía moral se encuentra el concepto de la autarquía y carencia de necesidades, la fuerza moral del sabio que sabe domeñar los monstruos salvajes de los instintos, ideal que lo acerca a la divinidad que carece de necesidades, pero concebida de manera distinta e individualista a como lo hacían los cínicos. Para Sócrates la autarquía no es el retraimiento ni el rechazo a lo político que pregonaban los cínicos, por el contrario, para él todo su accionar gira en torno al bienestar de la polis, a lo político.

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