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LA CRISIS DEL NEOLIBERALISMO.

 

La crisis del neoliberalismo que se precipitó a partir del 2008 puede significar la ruina de la democracia liberal, lo que amerita una revisión profunda del modelo, tal como lo están exigiendo los movimientos sociales, con el apoyo de centros académicos.

Las protestas sociales que se están viviendo en muchas de las democracias liberales, incluyendo a Colombia, se han interpretado como el inicio de la crisis del modelo neoliberal, lo que ha llevado a muchos centros académicos a una revisión del sistema capitalista, tal como lo está impulsando la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard con su catedra “La creación de valor compartido”, una pedagogía que conlleva no sólo generar riqueza para las empresas sino también beneficios significativos para la sociedad: toda una reingeniería del capitalismo.

En un reciente artículo publicado por El Periódico El País de Madrid, Joseph Stiglitz, premio nobel de economía en 2001, titulado “Fin del neoliberalismo y renacimiento de la historia” sostiene que “Hoy la credibilidad de la fe neoliberal en la total desregulación de mercados como forma más segura de alcanzar la prosperidad compartida (bases de la doctrina neoliberal) está en terapia intensiva, y por buenos motivos. La pérdida simultánea de confianza en el neoliberalismo y en la democracia no es coincidencia o mera correlación: el neoliberalismo lleva cuatro décadas debilitando la democracia”. La crisis del neoliberalismo que se precipitó a partir del 2008 puede significar la ruina de la democracia liberal, lo que amerita una revisión profunda del modelo, tal como lo están exigiendo los movimientos sociales, con el apoyo de centros académicos.

El neoliberalismo surgió como reacción contra la intervención del Estado garante de una mayor justicia social, el Estado benefactor creado por la socialdemocracia, alternativa al comunismo que amenazaba a Europa después de la segunda guerra mundial. Con la caída del Muro de Berlín a finales de la década de los 80, el neoliberalismo toma fuerza y se consolida globalmente. El sistema neoliberal se fundamenta en el supuesto de que el crecimiento de la economía es el principal motor del desarrollo, para ello, además de considerar que todos los componentes de la vida de una sociedad deberían estar subordinados a las leyes del mercado, defiende el libre comercio para propiciar una mayor dinamismo en la economía, lo cual, en teoría, debería generar mejores condiciones de vida y de riqueza material para la población. Para acelerar el crecimiento económico el Estado debería cumplir únicamente sus funciones como organismo regente de la organización social, sin intervenir en el funcionamiento de la economía de mercado, para así mantener a raya las regulaciones e impuestos al comercio y a las finanzas. El sistema neoliberal es partidario de la reducción del gasto social, de propiciar la libre competencia para las grandes corporaciones y de debilitar los sindicatos, dejando la distribución del ingreso para cuando economía se haya fortalecido hasta niveles nunca bien determinados.

La globalización impuesta por el mismo neoliberalismo dejó a individuos y a sociedades enteras incapacitados para decidir sobre su bienestar y posibilidades de mejoramiento social. Los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron además políticamente nefastos: bastaba que un candidato con ventajas en una elección presidencial de un país emergente no fuera del agrado de Wall Street, para que los bancos y los inversionistas sacaran el dinero de ese país. Los votantes tenían entonces que elegir entre ceder a Wall Street o enfrentar una dura crisis financiera.

A pesar de las promesas de las élites que aseguraron que el mayor crecimiento económico, como lo indicaban sus modelos, se traduciría en una posterior mejor distribución del ingreso, hoy las cifras están a la vista: el anhelado desarrollo para el tercer mundo nunca llegó, pero, eso sí, las grandes utilidades generadas por la desregulación de los mercados si fueron a parar en manos de unos pocos privilegiados situados en la cima de la pirámide. Con salarios estancados y bolsas de valores en alza, los ingresos y la riqueza fluyeron hacia arriba, en vez de derramarse hacia abajo, como era la promesa . Las grandes masas se sienten estafadas por el neoliberalismo: ¿A quién se le ocurre que la contención salarial (para conseguir o mantener competitividad) y la reducción de programas públicos asistenciales pueden contribuir a una mejora de los niveles de vida de la población?

Concentrémonos ahora en el caso colombiano, para lo cual la situación del empleo es un indicador válido para una evaluación macroeconómica y de las políticas públicas. Según el Observatorio del Mercado del Trabajo y la Seguridad Social de la Universidad Externado de Colombia, entre abril y setiembre del presente año en nuestro país se perdieron más de ochocientos treinta y cinco mil empleos, lo que significa una tasa de desempleo del 10,3%, la más alta en los últimos 8 años. Lo más decepcionante de esta situación es la falacia que justificó la Ley 1943 de 2018, conocida como Ley de Financiamiento, expedida con el fin de incentivar la creación de empleo otorgando cuantioso beneficios tributarios a los grandes empresarios, incentivos que esencialmente se mantienen en la nueva reforma tributaria, que el Gobierno Nacional presentó al Congreso de la República y que ya fueron aprobadas en las comisiones terceras de ambas cámaras.

Contra las cifras de un crecimiento del 3% del PIB que presenta el Gobierno Nacional como uno de sus logros durante el último año, de todas maneras insuficiente para atender las necesidades del pueblo colombiano, aparece una economía en retroceso, tal como lo indican el decrecimiento de las industrias manufacturera y de la construcción, así como de la agricultura. Esto, como bien lo anotó el Senador Iván Marulanda, en su debate contra el actual proyecto de reforma tributaria, significa a las claras que “nos está absorbiendo la economía criminal en las barbas de estos funcionarios indolentes (..). El mismo Marulanda en su intervención resaltó como en el Presupuesto Nacional sólo al sector financiero se le están dando beneficios tributarios por 1,8 billones de pesos, cuando sus ganancias se incrementan cada año en un 30%. Adicionalmente, un grupo de setenta académicos y expertos en economía hace poco radicaron una carta al Congreso Nacional en la cual recomiendan no aprobar la reforma tributaria, entre otras razones por la propuesta de otorgar 9 billones de pesos en beneficios tributarios a las grandes empresas, adicionales a los 17,2 billones que se les había otorgado con la Ley 1943 de 2018.

Todo esto, mientras que en el mismo Presupuesto se asigna sólo un 0,26% para el Medio Ambiente y el Desarrollo Sostenible y apenas un 0,14% para ciencia, tecnología e innovación. Un país como el nuestro que tiene la responsabilidad ante el mundo de proteger su gran riqueza en biodiversidad, pero a su vez una de las más vulnerables, que sólo dispone de recursos a todas luces insuficientes para este crucial propósito, es algo que tiene que ser severamente cuestionado, como lo están haciendo los lideres ambientalistas que se han sumado a la protesta social. En lo relativo al insignificante rubro de inversión asignado a ciencia, tecnología e innovación, parece que nos resignáramos a perpetuar nuestro subdesarrollo, negándonos la posibilidad de entrar en el mundo de la cuarta revolución tecnológica, la denominada 4G.

El Gobierno Nacional y nuestra clase dirigente deben entender que el movimiento social, que ha surgido durante las últimas semanas es una clara demostración de la inconformidad de amplios sectores de nuestra población con las políticas públicas. La mesa de negociación que están reclamando los dirigentes del Paro Nacional, es el escenario propicio que tiene el Presidente Duque para llegar a acuerdos que concilien los intereses de las partes en conflicto, sin vencedores ni vencidos: El Gran Acuerdo Nacional que todos reclamamos.

P.S: Thomas Piketty, famoso por su libro “El Capital en el Siglo XXI”, acaba de lanzar “Capital e ideología”. En reciente reportaje concedido a un periódico capitalino afirma: El triunfo del hipercapitalismo (el mismo neoliberalismo) se antoja cada vez más frágil (..), lo que requiere toda una reingeniería. Trabajar el nuevo libro de Piketty será mi tarea para estas vacaciones.

 

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