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Por: José Hilario López


La acogida que ha recibido entre colegas y amigos el prólogo del Profesor Darío Valencia Restrepo a mi libro (en prensa) “Tiempos de ingeniería y humanismo”, así como el debate que ha generado el reciente colapso del túnel de Chirajara en la carretera Bogotá-Villavicencio y de un edificio de apartamentos en Cartagena, así como el sonado caso del edificio Space hace cuatro años en Medellín, me anima a seguir reflexionando sobre la necesidad de la formación ética y humanística de los ingenieros, para una época cuando el crudo mercantilismo se ha apoderado de nuestra profesión.


Pablo García, ingeniero y profesor de la Unam, en su ensayo “Ingeniería y humanismo, relación profunda” anota que: “El aprendizaje de la ingeniería, el pensar en la ingeniería, el hacer en la ingeniería, el investigar en la ingeniería, no es cuestión de dinero, es cuestión de personas”, tesis ésta que tomaré como guía para algunas consideraciones que creo de interés por el acelerado e incomprendido avance de las tecnologías de la computación, a lo que se suma la pesada burocracia oficial y la corrupción generalizada. Pareciera que se hubiera olvidado la relación íntima del Ser con la Naturaleza, esencia del Eco-Modernismo y de la Oiko-nomía, temas que hemos discutido en pasadas columnas, lo que nos exige seguir insistiendo sobre la calidad de los profesionales que reclama nuestro país en este momento de grandes transformaciones en todos los ámbitos de la vida: una verdadera ruptura con el pasado, que muchos consideramos nos ha tomado desprovistos de los elementos necesarios para asimilarla sin mayores traumatismos.


Quien tenga que ver con la ingeniería debe conmoverse ante la Naturaleza y las manifestaciones  humanas. Sobre la conmoción Erich Fromm anotaba que: “Debemos adquirir conocimiento para elegir el bien, pero ningún conocimiento nos ayudará si hemos perdido la capacidad de conmovernos con la desgracia de otro ser humano, con la mirada amistosa de otra persona, con el canto de un pájaro, con el verdor del césped. Si el ser humano se hace indiferente a la vida, no hay ninguna esperanza de que pueda elegir el bien. Entonces, ciertamente, su corazón se habrá endurecido tanto, que su vida habrá terminado”. Esta sentencia del gran filósofo alemán es una de las más acertadas definiciones de Humanismo que conozco.


El elemento central de nuestra época es la información, así como las tecnologías que permite manejarla y, sobre todo, utilizarla. El conocimiento hoy no vale tanto por el saber mismo, sino por su uso eficaz, pues lo que importa es saber cómo se manejan las cosas y no cómo funcionan; el conocimiento se ha vuelto profundamente técnico e instrumental, para cumplir sólo con los criterios económicos de eficacia y eficiencia, que exige la sociedad posindustrial.


El escritor mexicano Alejandro Ocampo en un texto publicado en 2015 en la Revista Razón y Palabra titulado “Humanismo y tecnología: Algunas ideas para salir de la exclusión”, pone en discusión algunos elementos claves para tratar de clarificar la confusión, que resumiré a continuación.

  1. Tal como lo enseña la historia los hechos pueden ser de otra manera, idea contraria al fatalismo en que hemos caído, en especial los aún jóvenes. Los pequeños cambios son los que a la larga han generado las grandes transformaciones y nuestro compromiso consiste en trabajar para producir esos cambios, responsabilidad que no se puede delegar a otros.
  2. Mediante el diálogo aprendemos, construimos y enseñamos, hasta tal punto que gracias a esta poderosa facultad somos lo que somos. Defender el diálogo y procurarlo es casi una cuestión de sobrevivencia, la única receta contra la pasividad, la indolencia y la ausencia de referentes.
  3. Entender que la tecnología es un medio, no un fin. Nuestra preocupación no se puede seguir centrando en la perfección de los medios por sobre los fines. Hoy la obsesión es por el método, por el camino a recorrer, sin interés por el destino. De manera similar a lo que sucede con la economía neoliberal, el desarrollo tecnológico ha llegado a ser un fin en sí mismo, en la práctica desconectado de la solución que en un inicio buscó resolver.
  4. La comprensión del entorno natural y social y la visión profunda para entender lo que puede pasar, exige una entidad madura que no sólo muestre el punto de vista opuesto al nuestro, sino que nos impida caer en sueños dogmáticos o ingenuamente optimistas.


Para finalizar, cuatro conclusiones: 1. El desencantamiento de esta época persistirá en la medida en que no nos reencontremos con lo que tenemos y con lo que somos. 2. Si uno de los fundamentos kantianos y de la modernidad es el superar lo trascendente (todo lo que rebasa los límites del conocimiento experimental) con lo trascendental (el conocimiento que se ocupa no del conocimiento de los objetos, sino del modo de conocerlos), es preciso restaurar lo que esté fundamentado en la razón, lo más valioso que como humanos hemos alcanzado, no en principios metafísicos. 3. Entender que el sentido de la existencia sólo se alcanza cuando se pone al servicio de los demás. 4. La filosofía, la historia, la sociología, la ciencia política y las ciencias de la comunicación deben ser saberes no sólo de especialistas, es necesario que estos conocimientos sean apropiados también por los ingenieros.

NOTA: Los artículos de nuestros socios son apreciaciones de carácter personal y no siempre es necesariamente la opinión de la SAI como gremio.

 

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