La SAI propone

Por: José Hilario López

En mi pasada columna hicimos un repaso al desarrollo histórico de las ciencias naturales, dejando por fuera lo relativo a las ciencias sociales. Grandes pensadores de la modernidad, empezando por Nicolás de Maquiavelo, considerado el fundador del moderno pensamiento político, es guía imprescindible para entender la ciencia política y sus instituciones. Entre los filósofos políticos que han contribuido al desarrollo de las modernas ciencias sociales se tiene a Jean-Jacques Rousseau con su Contrato Social, a Max Weber el gran ideólogo del capitalismo, al Barón de Montesquieu con su “Espíritu de las Leyes” y a Karl Marx, de quien hoy el mundo celebra el segundo centenario de su nacimiento, con su economía política y toda una estructura político-filosófica genéricamente conocida como el Marxismo, cuya vigencia motiva hoy un intenso debate intelectual.

Karl Popper, el gran filósofo de la ciencia y crítico del marxismo, publicó a mediados del siglo pasado dos libros titulados “La miseria del historicismo” y “La sociedad abierta y su detractores”. En el primero de ellos sostiene que el historicismo es la teoría que trata de explicar la historia de la humanidad como regida por leyes universales que determinan el futuro de manera inexorable. Basado en el historicismo, Marx llegó a predecir un mundo comunista con una sociedad sin clases, lo cual, según Popper, es una profecía utópica, que los hechos parecen confirmar, sin dejar de reconocer que Marx fue un gran científico social cuyo análisis del capitalismo de su época es impecable. En “La sociedad abierta y su detractores”, Popper reconoce, hasta cierto punto, el economicismo en Marx o sea la importancia que revisten los procesos económicos en la configuración social, pero rechaza que este supuesto sea tomado de manera determinística, ya que hay esferas de la vida humana que no son exactamente producto de intereses económicos sino expresiones de su libertad, y en esto consiste precisamente la acción política, que no puede ser una práctica reductible a la economía, como tampoco lo es la cultura.

Retomemos ahora el hecho religioso, que sin duda es elemento constitutivo de la historia y de nuestra misma vida. Para acortar me limitaré a las religiones monoteístas-el judaísmo, el cristianismo y el islam-derivadas todas del pacto celebrado entre Abraham y Jehová, consistente en el reconocimiento por parte del patriarca hebreo de la existencia de un sólo Dios, Jehová, con la condición que este, a su vez, designara al pueblo judío como su único representante en la tierra: El acuerdo perfecto, donde ambas partes salieron ganadoras, pero que en la práctica fue el origen de innumerables conflictos bélicos de los judíos con los pueblos vecinos, tal como lo señalan Baruch Spinoza Y Sigmund Freud, ambos de origen judío.

Del Judaísmo surge el Cristianismo, doctrina que magistralmente combinó la creencia en un único Dios, del cual todos somos hijos y por tanto hermanos legítimos que nos debemos amar y cuidar unos a otros. Una religión nacida en un pueblo sometido al Imperio Romano, como lo era Judea al tiempo del nacimiento de Cristo, que en menos de tres siglos llegó a expandirse por todo el Asia Menor, el norte de África y penetrar en la misma capital del imperio, hasta tal grado que el emperador Constantino la adoptó como la religión oficial de Roma y sus colonias.

La llegada del Cristianismo al poder mezcló la espada con la cruz, para lo cual no estaban preparados los primeros cristianos con su religión basada en la paz y el amor, que además facilitó el advenimiento de un nuevo poder, El Vaticano, que se impuso por toda la Edad Media y que con su autoritarismo originó el Protestantismo, así como múltiples herejías, cada una defendiendo su creencia como la única verdad, origen de numerosas guerras que ha tenido que sufrir el mundo occidental.

Con la escolástica, doctrina que impuso la Iglesia Católica en todo el mundo occidental, se llegó a afirmar que la ciencia se oponía a la religión, creencia que imperó por todo el Medioevo hasta la conciliación lograda por el humanismo renacentista. El Calvinismo, originado en la reforma luterana de 1517, con su ética del trabajo y la doctrina de la predestinación, significó el gran impulso a la modernidad con el Capitalismo. Esta escisión del Cristianismo, como lo había sido antes el surgimiento del Islam, significó más intolerancia, persecuciones y guerras religiosas, que todavía no cesan.

El teólogo suizo y sacerdote católico Hans Küng, en su libro “Ética y religión” (1971) nos legó un proyecto de ética mundial, basado en las siguientes premisas: “No habrá paz entre los países sin paz entre las religiones... No habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones... No habrá diálogo entre las religiones sin conocer los fundamentos de las religiones”. El Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993 bajo el liderazgo de Küng, proclamó un memorable documento titulado “Declaración hacia una ética global”, mediante el cual todas las religiones se comprometieron en un pacto por la paz y la convivencia que debería ser guía para todos los dirigentes políticos y religiosos, así como para todos los hombres de buena voluntad. Dicha declaración se resume en cuadro directivas fundamentales: 1. La no violencia y el respeto por la vida. 2. La solidaridad y la búsqueda de un orden económico justo. 3. La tolerancia y una vida basada en la veracidad y 4. La igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Finalizo retomando una tesis antropológica que afirma que el hombre tratará siempre de buscar lo sobrenatural, porque conoce los límites de su conocimiento. La religión tiene su campo propio, que es necesario reconocer y respetar, lo que se rechaza es la utilización que de ella hacen los poderosos para subyugar a los pueblos, el opio para el pueblo que dijera Marx. Bien concebida, la religión es una invaluable ayuda para desarrollar cultura ciudadana y sobre todo para una ética de la convivencia: como ejemplos tenemos las primeras comunidades establecidas en América del Norte por los puritanos y en el occidente colombiano por la colonización antioqueña.

NOTA: Los artículos de nuestros socios son apreciaciones de carácter personal y no siempre es la opinión de la SAI como gremio.

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