La SAI propone

Por: José Hilario López

Con el distinguido abogado Bertulfo Ocampo y otros amigos de Amagá hemos creado una  tertulia cultural y de opinión para debatir temas de actualidad, que puedan enriquecer nuestra percepción de la compleja  realidad que se nos aparece, tanto  en el ámbito regional como en el orden nacional y global.  Durante la última tertulia me correspondió disertar sobre la conflictiva relación que siempre ha existido entre religión y ciencia, tema que quisiera compartir con mis lectores, así sea de manera esquemática.

Empecemos con el mito y la religión. El mito fue uno de los primeros elementos a que acudió el asombrado hombre primitivo, para tratar interpretar el mundo y para buscar protección frente a las amenazas naturales a que estaba expuesto; a partir del mito se fueron conformando las religiones que en principio fueron politeístas: un dios para cada necesidad. Para estas criaturas los fenómenos naturales y  los mismos objetos constituían un mundo fisiognómico, un mundo dramático de fuerzas y de poderes en pugna, donde todo le era o benéfico o maléfico, amigable u hostil, lo opuesta a una visión objetiva del mundo, propicio para la aparición de la magia, cuyos relictos mantiene todavía el hombre moderno con creencias tales como la alquimia, la astrología y la misma brujería. Pero esta concepción mítica hizo crisis, cuando el hombre primitivo llegó a la conclusión que sus invocaciones en busca de protección de esos entes mitológicos que dominaban su mente no le daban respuestas favorables, lo que se podría denominar la primera crisis existencial, que lo obligó a reconstruir todo el sistema de creencias mediante una aproximación al mundo, basada en la observación y clasificación paciente de los objetos y de los procesos naturales. Estamos ya en el origen del conocimiento científico.

De manera concomitante aparece el lenguaje humano, sinónimo del logos, y la concepción de un mundo cuya historia ya no es exclusiva responsabilidad de los dioses, ni de los superhombres (mitad dioses, mitad hombres) sino del mismo hombre. Como me anotó alguien en la referida tertulia, El Creador se debió haber sentido más que satisfecho al ver que su criatura estaba pensando y actuando por cuenta propia.   Y llegamos a los presocráticos y al gran Pitágoras, quienes vieron al mundo y todos sus acontecimientos, incluyendo la organización social, como una totalidad matemática. Para los pitagóricos el lenguaje de la Naturaleza era la matemática y sólo aprendiendo ese lenguaje se podía crear ciencia. Pero a este sistema también le llegó su correspondiente crisis, cuando el mismo Pitágoras descubrió los números irracionales, contrarios al número racional, en el cual basaba todo su constructo epistemológico.

Esta aparente derrota  del pitagorismo llegó desde la geometría y del mismo Pitágoras con el estudio  del triángulo rectángulo isósceles,  con catetos iguales a la unidad y con una hipotenusa determinada por la raíz cuadrada de 2, cuyo   valor es 1, 4142..,un número no racional o indeterminado, desconocido para estos pioneros de la filosofía y de la ciencia.  Pero esta crisis como toda crisis, trajo algo bueno, el descubrimiento del concepto de lo continuo, al cual pertenece la raíz cuadrada de dos y otros números similares, como opuesto al mundo de lo discreto, el de los números racionales. Del concepto de lo continuo nace en el  Siglo V aC el atomismo de Demócrito, que postuló que la materia está por  constituida por diminutas partículas indivisibles, el átomo,  teoría ésta que llegó hasta finales del Siglo XIX, cuando se demostró que estas partículas  si podían ser divisibles, principio básico de la energía atómica.

Otras dos grandes revoluciones que cambiaron de manera radical el pensamiento científico fueron la revolución copernicana en el Siglo XVI y el Darwinismo en el Siglo XIX.

El sistema copernicano significó el colapso del universo ptoloméico, que desde la antigüedad clásica centraba el sistema planetario como girando alrededor de la tierra, el llamado geocentrismo. Con Copérnico  nace el heliocentrismo, teoría que explica nuestro sistema planetario girando alrededor de nuestra gran estrella. El Darwinismo, como teoría biológica opuesta al Creacionismo que  concibe el universo orgánico como inmutable, explica el origen de las especies naturales por la evolución de unas en otras a través de mutaciones en sus características hereditarias, transformaciones que se producen por selección natural como respuesta a los cambios en el entorno físico. Tanto la revolución copernicana como la teoría de la evolución de las especies, significaron dos grandes triunfos de la racionalidad científica contra el autoritarismo escolástico, y con ellos, entre otros hechos,  la afirmación  de La Modernidad, así con mayúsculas.

Isaac Newton en su famoso tratado publicado en 1687 titulado “Principios matemáticos de la filosofía natural” estableció las bases de la mecánica clásica, de las cuales dedujo la ley de la Gravitación Universal. La obra de Newton como culminación de la revolución copernicana tuvo plena vigencia hasta el advenimiento de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein a principios del Siglo XX, teoría que no destruyó a Newton, como creen algunos, sino que lo mejoró. La Mecánica Cuántica, la moderna teoría que explica el comportamiento de la materia por el movimiento de partículas muy pequeñas o micro-objetos, fue desarrollada entre los años1900 y 1905 por  Max Planck y Albert Einstein.  

Cerremos aquí esta primera parte de mi ponencia, donde apenas pude rozar tangencialmente el desarrollo de la ciencia, quedándose por fuera los grandes desarrollos de la química y sobre todo de la biología, ciencia esta última donde hoy se tienen descubrimientos revolucionarios que nos pueden llevar a una nueva comprensión del origen y conservación de la vida. En la próxima columna entraremos a mirar la religión y su relación con la ciencia.

NOTA: Los artículos de nuestros socios son apreciaciones de carácter personal y no siempre es la opinión de la SAI como gremio.

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